
Por: Pilar Alberdi
¡Qué buen cine se hace en la Argentina! Pueden sentirse orgullosos. Si la semana pasada comentaba la película El hombre de al lado, las alabanzas que dije por aquella se repiten en ésta. Un cuento chino es una historia donde la cruel realidad tiene, por momentos, destellos fantásticos.
Impactante el comienzo, deslumbrante las interpretaciones de los artistas, excelente el guión y la dirección de Sebastián Borensztein, la fotografía... En fin, todo. El reparto formado por Ricardo Darín, Muriel Santa Ana, Huang Hung-Sheng Iván Romanelli, Javier Pinto, Vivian Jaber...
Pero ¿de qué trata esta historia? Trata de la vida un hombre que lo ha perdido todo o, acaso de algo más simple, de un hombre que ha perdido la esperanza de vivir, la alegría, y que se encuentra con otro que también lo ha perdido todo. En pleno Buenos Aires un encuentro casual entre un occidental y un oriental que no se entienden con palabras, cada uno anclado en su pasado frente a un camino que aún no saben van a recorrer juntos. A su alrededor la vida de un barrio, la gran ciudad, el conservadurismo, la soledad.
Al finalizar la película, mi acompañante y yo, seguíamos anclados en los asientos mirando sin ver pasar las letras de los créditos, y a nuestro alrededor, a la mayoría de los espectadores, les sucedía lo mismo. Sólo un par de parejas jóvenes se levantaron y salieron rápidamente mirando la hora en sus relojes y activando sus teléfonos móviles, llevados, quizá, por la prisa de otra cita. ¿Qué nos sucedió a los demás? Habíamos quedado atrapados en las vidas de Jung y de Roberto, sus conflictos y su posible resolución. Entre las cosas que me quedé pensando, fue que no recordaba que el cine español recogiese el encuentro con la cultura china. Llegada que se produjo antes que en Argentina y que se tradujo allí igual que aquí en numerosos comercios minoristas, mayoristas y en los populares restaurantes. Me quedé pensando que el cine español se hizo eco de la llegada de los inmigrantes marroquies y, en especial de hacerlo en pateras, poniendo en riesgo sus vidas. Por tanto, hay aquí un vacío sobre el encuentro chino-español pero también sobre otros encuentros culturales.
Es verdad, en Argentina, de niños decíamos de aquello que nos resultaba increíble: «¡Es un cuento chino!», pero para los espectadores que no conozcan este dato, el título tendrá referencias literarias, especialmente por lo que prometen las palabras y la escenografía, ese ambiente tan especial con el que da comienzo la película.
Esta historia nos permite comprender que nada es porque sí. Que el carácter que tenemos es producto de la vida que vivimos, y sobre todo, de la forma en que nos situamos y enfrentamos los sucesos del mundo cotidiano que nos ha tocado en suerte. Dos personas ante una misma situación no reaccionan de la misma manera. Y donde unos anticipan un problema, otros ven una oportunidad. Se puede decir más claro todavía, creemos que vamos por la vida con nuestro consciente, pero no es así, este nos sirve para razonar lo que hacemos, para justificarnos, es el que recibió las normas y las reglas, el que indica lo que está bien o mal según lo que cada cual aprendió, pero quien realmente impera en nuestra vida es nuestro inconsciente, y este está formado por aspectos de nuestro propio yo que nos resultan casi desconocidos, por pensamientos y comportamientos repetitivos difíciles de erradicar… Además, cuando se trata de culturas diferentes hace falta algo que se llama «tolerancia» y que incluye ponerse, al menos mental y sentimentalmente, en los zapatos del otro. ¿Quién es esa persona que tengo enfrente? ¿Qué hace solo en esta ciudad? ¿Qué país o que hechos de su vida dejó atrás? Indudablemente, esta serie de preguntas, ya incluyen un interés. Pero, a veces, el interés tarda en llegar… ¿Porque estamos demasiado encerrados en nosotros mismos? Quizá. Esto es lo que le pasa al protagonista. Y para poder ver al otro, para sentirlo y ayudarlo, tiene que ayudarse a sí mismo, tiene que hacer cambios difíciles pero no imposibles. O como se dice en la página oficial de la película: «Roberto es hosco. Roberto es ferretero. Roberto es rutinario. Roberto es coleccionista. Roberto es como es... hasta que…» Hasta que se encuentra con Jung, hasta que se atreve a mirar dentro del corazón del otro y de su propio corazón, hasta que descubre que la palabra chino es algo más que un estereotipo.
Así, mientras mi acompañante buscaba en su mente referencias cinematográficas a la película que acabábamos de ver («el tipo que va a comprar… ¿sabes a quién me recordó?, al tipo aquel de la librería en Nothing Hill, y la música, esos tonos, ese aire a…»). Y así, dando un repaso por una película y otra, por nombres importantes de la cinematografía, yo me quedé pensando en la fotografía, en ese aire setentero, en la Guerra de las Malvinas, en esa especial Buenos Aires, cuando de repente ya estábamos en la puerta de casa, y los dos llegábamos a la conclusión de que detrás de una gran comedia, siempre, siempre hay una tragedia.
Una noche de cine para recordar. ¡Qué buena película!